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Nuestra
Portada: Con la camiseta puesta
No. 104
Editorial
En la globalización, no avanzar es retroceder
En el verano de 1986 México se adhirió al GATT (de
1947). Nuestros negociadores de entonces actuaron de
manera responsable y lograron un trato privilegiado
por la comunidad internacional al reconocer el grado
de desarrollo (o subdesarrollo) en que se encontraba
nuestra economía. El Protocolo de Adhesión a ese
organismo internacional de manera particular consignó
y protegió la situación del campo mexicano con un
trato preferencial.
Año y medio después, el 15 de diciembre de 1987, en
pleno proceso electoral por la contienda presidencial,
con una inflación que erosionaba el poder adquisitivo
del salario mínimo y cercenaba los precios reales del
campo, se estableció el llamado Pacto de Solidaridad
Económica que, se dijo, aseguraría tanto los intereses
de la clase trabajadora como a la producción en el
campo. Como acción de política económica el gobierno
abrió unilateralmente el mercado doméstico a las
importaciones, en particular las de productos básicos
y cuatro años después logró contener la inercia
inflacionaria pero a costa de lo que se quería salvar:
Sacrificó al campo y al trabajador asalariado del
país.
Inmersos en la administración Salinista, en el país se
conjura (como acepción que significa "ligarse con
alguien mediante juramento, para algún fin" o
"conspirar, uniéndose muchas personas o cosas contra
alguien, para hacerle daño o perderle") un Tratado con
los Estados Unidos de América al cual, posteriormente,
se incorpora Canadá, no sin antes restablecer
aranceles y permisos previos para algunos productos
agropecuarios. Los aranceles se consolidan a un máximo
del 20%, renunciándose unilateralmente a la protección
del acuerdo del GATT. La reducida protección del
sector agropecuario mexicano se negocia al margen del
Acuerdo de Adhesión, y con ello se da gran ventaja a
los nuevos socios comerciales del Tratado de Libre
Comercio de América del Norte (TLCAN).
Los negociadores gubernamentales, desde 1991,
argumentaron contra la opinión de los representantes
de los diferentes sectores agrícolas y pecuarios de
México. Aseguraban que el "Farm Bill" de los Estados
Unidos era finito y concluía en 1995 y que los Estados
Unidos acatarían los compromisos de las Rondas de
Uruguay en materia de agricultura, que
coincidentemente habían iniciado en 1986 y concluido
en 1994 dando pie al nuevo GATT: la Organización
Mundial del Comercio (OMC).
Para el año 2000 la OMC, en su evaluación de los
compromisos asumidos por la comunidad internacional,
observó que tanto los Estados Unidos como la Unión
Europea lejos de acatar los Acuerdos asumidos en su
seno, avanzaban en sentido contrario. El "Farm Bill"
en 1995, después de la firma del TLCAN, no sólo había
sido renovado sino que había aumentado el nivel
presupuestal de los apoyos a su sector primario; en la
Unión Europea (VE-12) con su Política Agrícola Común
(PAC) las cosas no fueron diferentes; la revisión de
la Agenda 2000 evidenció su verdadera razón de ser:
Mantener la competitividad agropecuaria de Europa ante
los Estados Unidos. Esta guerra de presupuestos
gubernamentales, con alto costo a sus erarios, llevó
al resto del mundo a establecer un mercado
distorsionado de precios a nivel internacional.
La erosión de la Balanza de Pagos y de la Balanza
Agroalimentaria del país no preocupaban a nuestro
gobierno, no obstante las constantes demandas de
protección y apoyo planteadas por los diversos
sectores de la producción primaria. Las pocas y
escasas consultas del gobierno de México a los
sectores nacionales contrastaban con la posición del
gobierno de los Estados Unidos, favorable a sus
productores, en el sentido de que solo negociarían los
subsidios y apoyos en la OMC pero nunca de manera
bilateral. Mientras esto ocurría al sector primario de
México se le acotaba.
Los eventos del 11 de septiembre del 2001 y el alza de
precios del petróleo le permitieron al gobierno
estadounidense reorientar sus acciones en el mercado
internacional, y a dar mayor protección a costa de
quitar la poca competitividad a los productores
nacionales. Los compromisos de la OMC en la Ronda del
Milenio (Doha) fueron evadidos y ello dio lugar, en
Cancún a que nuevos grupos de países confrontaran el
incumplimiento de los desarrollados empecinados en no
retirar o bajar sustancialmente los apoyos
distorsionantes de los precios del mercado
internacional. México se adhirió al G20 con Brasil,
China, Argentina, Pakistán y otros 15 países más, y
juntos resuelven no conceder mayor acceso al mercado
en tanto no se bajen los niveles de apoyo al sector
primario.
No hay avances. Peor aún, la nueva política energética
estadounidense determina hacer viable la
industrialización del maíz para la producción de
etanol y sustenta esta viabilidad con nuevos apoyos
que generan una demanda extraordinaria de maíz y
modifican el mercado internacional de los granos al
llevar el precio del maíz de menos de dos dólares por
bushel hasta poco más de 7 dólares. Este aumento de
precio en el maíz estimula su cultivo pero disminuye
las siembras de trigo, soya y cebada, que al reducir
su producción propician un incremento sustancial en
sus precios en el mercado internacional.
El primer mercado que resiente mayormente este impacto
es el mexicano por su gran dependencia alimentaria. La
concentración de las importaciones y de la producción
nacional hace que este problema se acreciente en
perjuicio de los consumidores de grano tanto para
consumo humano como para consumo animal, como es el
caso del sector porcícola.
No obstante que México le apostó al aprovisionamiento
de cereales de los Estados Unidos a precios siempre
competitivos, jamás ha medido el impacto de la
política agrícola (Farm Bill) estadounidense en su
economía. Es claro que las prioridades norteamericanas
no tienen nada que ver con los intereses de la
producción agropecuaria de México y es por ello que
debemos de modificar nuestra visión de la producción
agrícola.
Nuestro futuro dependerá de la capacidad de producción
de cultivos básicos para nuestra SEGURIDAD ALIMENTARIA
y del fortalecimiento del sector pecuario nacional en
base a la producción de granos forrajeros de nuestro
país. Solo así podremos mejorar producción, podremos
mejorar nuestra productividad y con ello nuestra
competitividad en el mercado internacional. Con
producción nacional estaremos impulsando inversiones
sustanciales y creando en el campo los empleos que
tanto requiere el campo de México. El futuro de
México, está en el campo, y ya es tiempo de empezar
con políticas coherentes que nos lleven a ello.
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